Continua el horror con tu dosis habitual de historias de terror. Lo mejor para unos buenos sustos.

Suerte que no encendiste la luz

Hace unos dos años, en Granada capital, ocurrió un asesinato que llamó mucho la atención. Fue en un  de estudiantes, donde vivían cuatro chicas. Una , dos de las chicas se fueron a sus respectivos pueblos ya que era viernes, para pasar el fin de semana. Las otras dos se quedaron en el piso. Una de ellas decidió irse a dormir al piso de una compañera de clase. Se fue dejando a la otra sola en la vivienda. Por la noche, la que se había ido a dormir fuera se dio cuenta de que no tenía pijama y volvió al piso a recogerlo. Fue a su habitación y no encendió la luz para no “despertar” a su compañera.

Cogió la pijama que estaba en el armario y se fue de nuevo. A la mañana siguiente, cuando volvió, se dio cuenta de que la policía estaba en el piso y que los vecinos llenaban el pasillo. Se asustó mucho porque no sabía qué había pasado. Se dirigió a su habitación y vio que un “cuerpo” se encontraba en el suelo tapado con una sábana. ¡Era un cadáver! ¡Su amiga había muerto! ¿Cómo? Se puso muy nerviosa, un montón de preguntas se atropellaban en su mente y no encontraba ninguna respuesta.

La noche antes un ladrón había entrado en el piso y, estando la chica sola, la mató después de robarle el dinero que tenía. Cuando la chica protagonista fue al piso a recoger el pijama, el ladrón se encontraba en su habitación y ya había asesinado a su compañera. Dicho hombre dejó escrito en el espejo de la habitación, con pintalabios rojo: “Suerte que no encendiste la luz”.

Sin aliento

31 de octubre de 1979 , víspera del día de todos difuntos. Como todos los años, Sara se dirigió al cementerio para visitar la lápida de su difunta madre. Era una chica tímida, cuya mirada transmite dolor y sufrimiento, pero sobre todo como una especie de miedo a lo desconocido. Sara estaba destrozada, ya que su vida precisamente no era de color de rosa, su conflictivo padre, que era un alcohólico empedernido y la extraña enfermedad que supuso la muerte de su madre cuando aún era una niña, hicieron de ella una chica solitaria y sin ninguna ilusión en la vida. Sus grandes pasiones, la lectura y la escritura, le ayudaban a sumergirse en un mundo entre lo ficticio y lo real, lleno de una especie de magia y fantasía hipnótica pero a su vez de una rotunda y oscura soledad y tristeza.

Todo esto, junto a una muñeca de trapo que le regaló su madre antes de morir, y la compañía de su gato, hacían que Sara tenga una vida más llevadera. Pasaban las horas y empezó a escuchar voces que procedían de algún lugar de la casa. No daba crédito a lo que estaba sucediendo, esas voces le avisaban de un acontecimiento terrible. Sara estaba tremendamente asustada. Se encontraba sola, y las voces eran cada vez mas persistentes. Sólo pensaba una cosa, que todo era producto de su imaginación. Ya tanta era la curiosidad por saber qué se ocultaba en la casa que no esperó mas; y esa misma noche, noche de todos los difuntos, buscó ese lugar de donde procedían aquellas misteriosas voces.

Subió por unas escaleras que conducían al desván y revolviendo cajas y más cajas, encontró un antiguo álbum de fotos. Con bastante inquietud Sara abrió aquel libro. Su sorpresa fue aún más grande cuando observó en aquel libro, fotos de ella por todas partes. Eran fotos hechas desde su nacimiento; conforme iba pasando las hojas, más sorprendida estaba. Las fotos que estaban viendo sus propios ojos eran fotos del pasado, pero también del presente; era como si cada momento importante de su vida estuviera contenido en esas fotos. Estaba perpleja y no se explicaba cómo podían estar en ese viejo álbum, fotos realizadas en ese mismo día en el cementerio. Conforme iba pasando las hojas se acercaba las últimas páginas. Con bastante nerviosismo, se dirigió a la penúltima página. Se quedó petrificada al verse en una fotografía de ella misma leyendo el libro en ese mismo instante. Estaba tan asustada que no podía creer lo que sus ojos veían. El reloj empezó a sonar, anunciando las campanadas de las doce de la noche.

De repente, en la última campanada se escucha un chasquido en el fondo del pasillo. Sara se quedó en silencio, y muy asustada observó cómo la ventana del desván se abría por la fuerza del viento. De repente se apagaron las luces de la casa. El viento rugía sin cesar, y una voz que procedía del pasillo decía así: “Sara… Sara…” Era una voz profunda y tenebrosa, como si fuera de ultratumba. Asustada, encendió la luz y empezó a escuchar otra vez esa voz en el pasillo. Como si estuviera hipnotizada, se dirigió al pasillo, y de repente otra vez la luz volvió a apagarse. Las puertas se abrían y cerraban continuamente, era una situación realmente escalofriante. La luz no respondía, por lo que fue a encender una vela y su sorpresa fue aún mayor cuando al prenderla encontró al final del pasillo a un individuo encapuchado frente a ella: ¿Quién eres? ¿Qué quieres? Exclamó Sara. De repente aquel individuo encapuchado se levanta la capucha y avanza hacia Sara… ¡No puede ser! Grita ella. Era imposible lo que veían sus ojos.

Su rostro quedo desencajado tras verse reflejada en la cara de aquel individuo. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo de arriba abajo. En un momento empezó a aparecer una niebla que se va espesando poco a poco. ¡Nooooooo…!.   Sara cayó desvanecida al suelo. A la mañana siguiente, la alarma saltó en el pueblo al encontrar un cuerpo hallado sin vida en las vías del tren, y junto a ella un una ráfaga de viento abrió con furia el álbum, hasta quedar la última página al descubierto, donde había una foto de ese mismo instante en la que ponía: “1 de noviembre de 1952 día de todos los santos. Atrapada en un mundo paralelo”. El cuerpo hallado era el de Sara Kelles. Las autoridades se quedaron impactadas ya que que la joven que habían encontrado había muerto en extrañas circunstancias 27 años atrás, según la documentación policial.

Salvaje asesinato

Hace unos años en el pueblo de La Eliana, Valencia, una mujer pasaba unas horas en casa de unos amigos a los que tenía especial cariño por lo amables y atentos que eran. Los conocía desde no hacía mucho tiempo y estaba en esa fase en la que quieres pasar mucho tiempo con las nuevas amistades. Generalmente las horas se pasaban tan rápido que la mujer a veces se quedaba a cenar con ellos, previa llamada telefónica a su casa para avisar que le habían invitado y que la esperaran un rato más tarde. Aquellos días eran de auténtico relax, disfrute y mucha amistad. Un día entre semana, en compañía de aquellos amigos, miró el reloj y dijo que se iba a marchar un momento a recoger a su hija al tren pero que luego volvería para pasar un rato más con ellos. Cogió su coche y se marchó a la estación del tren.

Su hija, llamémosle A., había llegado apenas tres minutos antes y al ver que no había nadie para recogerla se le ocurrió pedirle a un amigo que vio en la estación que la acercara a casa. Los coches debieron cruzarse y la madre llegó a la estación. ¿Por qué se quedó esperando al próximo tren? no lo sabe ni la propia madre. Podía perfectamente haber regresado a casa de sus amigos o a su propia casa para verificar que su hija había perdido el tren, pero en vez de esto se quedó en la estación, dentro de su propio coche… esperando. Y esperó tanto que cuando llegó el siguiente tren y vio que la hija no bajaba de éste, arrancó el coche y se marchó, pero MIRÓ EL RELOJ y decidió que por esta noche se iría directamente a casa. Mañana ya volvería a disfrutar de sus amigos. En casa se encontraron madre e hija. La madre le confesó a su hija que de no haber quedado con ella en el tren o, más aún, de no haber esperado al siguiente tren, seguramente aquella noche la pasaría cenando en casa de tan interesante matrimonio. No lo dijo enfadada, mañana podría verlos otra vez.

Al día siguiente la hija, su hermana y el padre de ambas cogieron el coche para marcharse a la capital a trabajar. Justo cuando salían sonó el teléfono que cogió la madre y no les dejó marcharse. “Era la hermana de xxxx (su amiga, la señora del matrimonio), dice que está preocupada porque no cogen el teléfono. Pasad por allí a ver si ha pasado algo y luego me llamáis para que le diga qué pasa”. Así, salieron de su casa y se dirigieron hacia la casa del matrimonio. El padre aparcó el coche, la hija A. bajó de este y vio la verja ENTREABIERTA. Dentro estaban los coches y parecía que todo iba bien. Al llegar a Valencia llamaron a la madre para decirle que daba la impresión de que estaban a punto de salir dado que la puerta ya estaba abierta, pero que no habían llamado. Poco más tarde la mujer recibió de nuevo una nerviosa llamada telefónica de la hermana que no sabía nada.

Por favor le pidió ve a ver qué pasa. Este matrimonio tenía que haber ido a recoger a la señora del teléfono al hospital, donde estaba ingresada desde hacía unos días, aquella misma mañana y no daba señales de vida. La mujer, (madre de A) cogió su propio coche y se dirigió a la casa de sus amigos. Al llegar vio también la verja entreabierta y los coches dentro de la parcela particular. Entró llamándoles por su nombre de pila (que obviaré aquí por respeto) y llegó hasta la puerta de la casa. Aquella puerta también estaba abierta y mientras les llamaba en voz alta siguió entrando… hasta la cocina. No había nadie. Entonces giró la cabeza y sus ojos vieron algo que casi se negaron a creer. Al otro lado, en la habitación matrimonial, dos cuerpos yacían asesinados.

Él, atado con cuerdas y la cabeza cortada al parecer con un hacha; ella, atada y con un pañuelo en la boca, parecía que se hubiesen ensañado con la mujer especialmente. La mujer gritó hasta quedarse afónica “llamen a la policía” y así salió de la casa llorando y pidiendo ayuda. Cuando llegó la policía, uno de los oficiales que entró tuvo que salir a vomitar. Tras la investigación se le dijo una cosa muy importante a la madre de A. “quienes asesinaron a la pareja no querían testigos, de haber pasado aquella noche cenando con ellos hoy no estaría con vida”. Reflexionemos: Si A. hubiera esperado a su madre en la estación, ésta, tras dejar a su hija en su hogar hubiese vuelto a casa de sus amigos porque le sobraba tiempo.

Si la madre hubiese ido a casa a comprobar si su hija estaba en casa, al estar ésta tan cerca de la de sus amigos, habría ido a cenar con ellos. Si la madre no se hubiese quedado a esperar al próximo tren de modo que se le hiciera tarde, se hubiera ido de nuevo a ver a sus amigos. Según la investigación policial aquello pasó en la misma noche, no se forzaron las cerraduras, quienes entraron conocían a la pareja, y la madre de A. estaría muerta.

De piedra es el hombre

No grite tan fuerte, señora ¿No ve que está asustando a su hijo? Mire, aquí nadie va a oírnos. ¡AAAH! ¡¡AAAAAAAHH!! ¿Lo ve? Yo también grito si quiere. Pero nadie puede oírnos. Y tú, chico, no te retuerzas tanto; acabarás cayéndote de la silla y te harás daño. No llores, tu madre está ahí detrás ¿no la oyes? Aún no tienes motivos para ponerte así. Ni siquiera te he tocado. ¡Qué bonito pelo tienes! Rubio y suave como el oro. Mira ¿Conoces esta herramienta? Son unas tenazas. Verás, dame una manita, te enseñaré cómo se usan. Se coge un dedito así y se tiiira paaaraa atrás ¡Ya está! Joder, qué pulmones, chaval. ¿Sabes? Mi padre me dijo una vez, cuando era chico, como tú, que uno nunca debe quejarse por nada, porque las cosas siempre pueden ir a peor. Y tenía mucha razón.

Porque tú tienes nueve deditos ¿verdad?, pero nueve menos uno ¿cuántos son? ooocho!! ¡Sííí! ¿Comprendes? En un solo segundo, todo puede ser peor. Dios…me vais a dejar sordo. ¡Mamamamamamama! ¿Quieres ver a tu mamá? Déjame que te ayude a girar ¿La ves ahora? ¡Cállese señora! ¡Ya llegará su turno! Pero las tenazas también sirven para más cosas, atiende. Te dan un mordisquito en la nariz y…¡Chas! ¿A que ya no huele a mierda? Uhmm…creo que un niño no debería ver estas cosas. Y para eso tenemos el cuchillo. ¡Cállese de una vez señora, he dicho! …Un momento…no te muevas…un corte en el iz…quierdo y otro en…el…dere…cho…así. Vas a matar de un disgusto a tu madre, chico.

Y lo estás poniendo todo hecho un asco. ¿Dónde están ahora su soberbia, su prepotencia?…¿Sabe qué es lo más triste de todo esto, señora? Que cuando le pedí desde el suelo unas monedas, para comer y beber algo, usted me quiso matar con la mirada. Eran sólo unas putas monedas… Ahora ya es demasiado tarde… Y yo tengo tanta…tanta hambre…

Noche de hotel

Llevo 45 minutos encerrado en el baño. Durante la primera media hora no me he atrevido ni siquiera a moverme. Menos mal que alguien se ha dejado este catalogo de playas en el baño. Tiene una parte para anotar datos sobre hoteles. Escribir parece que me reconforta. Todo fuera parece tranquilo. El hecho de esconderme en el baño, no me pareció muy buena idea, pero fue lo único que se me ocurrió y he tenido suerte. Parece que el baño no ha enloquecido de la misma forma que el resto de la habitación. Pero tengo que salir de aquí. Este lugar esta empezando a agobiarme, además, tengo la sensación de que no tardará mucho en convertirse en un lugar peligroso. Estoy en un quinto, la ventana no es una buena salida. Hay que escapar por la puerta, ¿pero como? Ha sido lo primero que he intentando.

La situación no era mi complicada cuando he probado salir por la puerta. Ahora, la cosa está jodida. Ahhhhhhhh. Algo ha golpeado la puerta con fuerza. Con mucha fuerza. Por un momento he pensado que iba a ceder. No parece la puerta más resistente del mundo. Parece que ha vuelto a calmarse. Voy a aprovechar para intentar resumir que es lo que ha pasado. Quiero recalcar que yo tampoco entiendo nada y dudo que algún día llegue a comprenderlo. Estaba dormido cuando he empezado a notar como se deslizaban las sabanas hacía abajo. Dormido como estaba, mi primera reacción ha sido volver a subir las sabanas tapándome hasta arriba. La segunda vez que lo he sentido, las sabanas ya no se han deslizado, si no que se han retirado con más velocidad. Entonces ha sido cuando me he despertado. Asustado, me he apoyado contra la pared, sujetándome las rodillas. En esa postura estaba yo mirando las sabanas a los pies de la cama cuando se ha encendido la televisión.

Ningún canal estaba sintonizado y se veía un continuo hormigueo de manchas negras, blancas, grises. La neverita se ha abierto. Todas las latas se han caído fuera. Ha sido como si alguien las empujase. En ese momento ha sido cuando he intentado salir por la puerta. Imposible. Las luces se han encendido. Se han apagado. Se han encendido. Yo esperaba expectante en medio de la habitación a que conducía ese espectáculo de luces. Algo me ha golpeado la espalda, era una de las latas. Uno de los cuadros, menos mal que era pequeño, me ha golpeado la cabeza. En ese momento, he corrido hacia el baño. Desde el fuerte golpe en la puerta, nada se ha escuchado fuera. Es hora de salir. No puedo salir, algo atasca la puerta. ¿Por que no se abre hacia dentro? ¿Eso era lo normal no? He estado media hora gritando pero nadie parece haberme oído. Si al menos hubiese cogido el móvil. Bueno, de momento aquí no corro peligro.

Puedo aguantar toda la noche y mañana, cuando entre el servicio de limpieza, ellos me ayudarán. Eso es. Hace 10 minutos, el grifo de la bañera ha empezado a gotear. Poco a poco las gotas se han convertido en un pequeño chorro. No quiero moverme para cerrarlo. Estoy acurrucado en la esquina mas alejada a la bañera. ¿Se puede morir alguien de miedo? La cisterna se ha vaciado sola ya, con esta, cuatro veces. El grifo de la bañera suelta un chorro enorme de agua, caliente por cierto. En el baño está empezando a formarse una ligera niebla. NO HAY SALIDA. Lo pone en el espejo del baño. La niebla esta empezando a ser mas densa. Hace mucho calor. Sigo acurrucado. Al leer lo del espejo, me he lanzado varias veces contra la puerta del baño y esta ni se ha movido.

Por eso he vuelto a mi rincón. Aquí todavía estoy seguro. Creo que voy a morir. He abandonado mi rincón y estoy de pie en mitad del baño. Estoy sangrando. El vaso que había encima del lavabo se ha lanzado hacía mi golpeándome en la cabeza. Estoy mareado. Se oye mucho ruido fuera. La ducha se mueve por la bañera como una serpiente. El calor me ahoga. Adiós mamá, te quiero mucho.

Comparte
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •